Navegación a las Islas Salvajes

Por qué las Islas Salvajes

Este viaje comenzó hace ya 10 años.
En marzo de 2007 zarpé de Santa Cruz de Tenerife en mi amado Big Kakel, un Dufour 45 Classic de ECC Yacht Charter. Lo planeado era navegar sin escalas a Funchal, pasar unos días en la isla y retornar desembarcando en las Islas Salvajes. Ese era mi plan. El Océano y el viento tenían otro.
Desde el principio tuvimos unas condiciones meteorológicas extrañas. Muy poco antes de nuestra zarpada de Tenerife, comenzó una ciclogénesis en Cabo Verde, que nos proporcionó un bonancible viento Sur, a modo de billete de primera clase. Allí supimos que en Canarias, una vez profundizada la baja presión, estaban ‘disfrutando’ de unos rugientes 45 nudos de ese Sur. A nuestra vuelta, un par de semanas después, el anticiclón de las Azores había ganado el pulso a la borrasca y volvíamos a recibir el habitual moderado Alisio, que otra vez nos proporcionaba una cómoda propulsión por la aleta. Sin embargo, las condiciones de mar de fondo tardan en cambiar no días, como las de viento, sino semanas. En ese tiempo enfrentábamos un mar de fondo de proa de tres metros, con la típica ola oceánica, perfecta sinusoide por la que cabalgas subiendo y bajando sin más preocupación que evitar los pantocazos por falta de ángulo. Gozamos de lo que la gente de tierra puede entender como un buen rato en la mecedora. Hasta que hubo que intentar la recalada en Salvaje Grande. Su único acceso a tierra es por una pequeña ensenada abierta completamente al Sur, que encontramos batida por unas rompientes que hacían imprudente pretender el fondeo de un 45 pies y el desembarque en nuestro pequeño dinguy.
Así fue cómo mi primera visita a las Salvajes quedó en poco más que un paso inocente. Pero aquellas islas me habían seducido, y aquel mar, una vez más, me había retado. Volvería. Estaba determinado.

La Expedición

Las Islas Salvajes son un archipiélago Portugués a unas 120 millas al Norte de Santa Cruz de Tenerife y a unas 155 al Sudsudeste de Funchal. Son principalmente dos islas: Salvaje Grande y Salvaje Pequeña; rodeadas de más de una docena de islotes y con una costa muy sucia plagada de bajas, restingas y piedras que velan. La navegación en sus cercanías debe hacerse de día si no se quieren afrontar riesgos innecesarios. Esto hace necesaria la planificación para asegurar la llegada diurna.

Situación de las Islas Salvajes
Aun con eso, la navegación es fácil, así que tendré que añadirle algo romántico a este reto: navegación astronómica. Me divierte seguir utilizando mi sextante, y no hay año que no oficie la ceremonia de acudir a la librería náutica para adquirir el Almanaque Náutico. Incluso sigo desarrollando mi propio método de cálculo con la tabla de logaritmos de las tablas náuticas (las del Almirante Barbudo son mis preferidas) para no depender de la calculadora: solo sumas y restas. Pero eso es otra historia. La cuestión es que cuando tengo tripulación, no me queda mucho tiempo, para dedicarme a ‘bajar estrellas’ y jugar con mis tablas. Y ya que he escogido este método de navegación, éste es otro asunto por el que convendrá que navegue en solitario. Lo pongo aquí como excusa, ya que mis amigos saben que soy navegante solitario siempre que puedo. Que los demás no vayan a pensar que soy un misántropo. Es que en el mar prefiero estar solo. Todas las cosas íntimas se hacen en privado ¿O es que tú no tienes una relación íntima con el mar y con tu barco?
Por lo expuesto, mantuve mi proyecto oculto mis navegantes conocidos, no fuera que alguien insistiera en embarcarse. No soy asequible a los tiernos maullidos de un lindo gatito, pero no puedo con la melancólica mirada de un navegante embarrancado en tierra y con saudade de mar.
Así que con esto ya tenía casi todo lo que necesitaba: un destino y una tripulación. Solo me faltaba el barco. Llamé a Patricia de ECC Yacht Charter, y le pedí un barco para las fechas. De todos los disponibles que me brindó, yo ya sabía que me quedaría con el más grande con el que no hubiera navegado todavía. Ese fue el Guanajo, un Bavaria 50 Cruiser con mucha historia (los dos años anteriores ha hecho sendos cruces atlánticos). Tiene de todo y por su eslora es rápido.
Todo esto debí pergeñarlo en Septiembre. Un día en el muelle de Palma de Mallorca, tuve con Ángel, marido de Patricia y copropietario de ECC, más o menos esta conversación:
-“Chacho, ya me dijo Patricia lo que quieres hacer. Yo me apunto.”
– “Txiko, solitario es ir solo.”
–“Bueno miniño, tú en el tuyo y yo en el mío.”
Dos barcos navegando en conserva. Me pareció una magnífica idea ¡compartir con los amigos una travesía en solitario! Y así es como montamos una flotilla. No diré armada, que aunque ésta acabó un poco dispersa y con desigual fortuna, tal como aquella memorable conocida por Invencible.
Ahora sí era el momento de planificar la derrota.

Preparación

Mi base en esta ocasión, es el Puerto de Las Galletas, en el extremo Sur de Tenerife. Lo que me da una distancia mínima a Salvaje Grande de no menos de 145 millas. 50 ganando latitud por la costa oriental de Tenerife y 95 en rumbo NNE al fondeadero de la Enseada das Cagarras (Ensenada de las Gaviotas) de Salvaje Grande.
Navegar a vela en Canarias, no es habitualmente difícil en lo táctico: el viento suele ser un NE bonancible sostenido, la ola es redonda. Viento y mar son, la mayor parte del tiempo, manejables. Es en la estrategia donde la navegación de crucero aquí nos desafía: las zonas de aceleración de viento, dispositivos de separación de tráfico, canales entre islas, corrientes sensibles. Un montón de cosas que tener en cuenta para tener unos estupendos días de mar. Si eres navegante, no querrás estar en otro sitio más que aquí.
Unos meses antes de las travesías suelo preparar un par de opciones basadas en la información de las Pilot Charts, que dan las condiciones típicas de la época del año en la zona de navegación. Esperé a la última semana, a tener una predicción meteorológica fiable para escoger la estrategia definitiva. En este caso, las condiciones generales eran las habituales, con un poco más de componente Este, y sin previsión de Sur, que para este caso era lo menos conveniente.

Pilot Chart North Atlantic
Para esta ocasión, la planificación de la estrategia me brinda dos opciones para negociar la necesaria ceñida: la rápida, de navegar cerca de la costa Este de Tenerife para aprovechar al máximo las zonas de aceleración de viento, o la más lenta, de hacer bordadas largas aprovechando todo el canal entre Tenerife y Gran Canaria. Escojo la segunda opción para ahorrarme viradas y porque me encanta ese canal. El resto de la travesía de ida se prevé como una bolina con necesidad de un trimado perfecto para tener el menor ángulo de ceñida que me permita una derrota por el rumbo directo, o si no, perder mucha latitud barloventeando.
Termino alguna otra preparación respecto a mareas. Cuando fondee en Salvajes quiero saber cuánta cadena largar y qué radio de borneo tendré para que me asegure estar libre de tierra. También preparo las observaciones: estrellas, preparación de los formatos de cálculo, compra del Almanaque del 2017 y comprobación del sextante.
Las Islas Salvajes son Reserva Natural y su acceso está restringido y controlado exhaustivamente. Conozco casos en los que no se ha permitido el desembarque, por no disponer del permiso necesario. Y no hay razón para no obtenerlo pues es gratis.
En mi visita frustrada de 2007 obtuve los permisos en Funchal, en la oficina de la entidad gestora de la reserva, perteneciente al Gobierno autónomo de Madeira, la cual está en el Parque Florestal das Queimadas (por cierto, uno de los lugares más fragantes que yo haya visitado). Como esta vez no iría a las Salvajes vía Madeira, necesitaba obtener los permisos a distancia. Pero no recordaba el nombre del Organismo al que tenía que dirigirme. Así que, seguro de la atención portuguesa, escribí un formal correo electrónico a la oficina consular de la Embajada Portuguesa en Madrid. Utilizando mi mejor portugués, que desgraciadamente todavía es un mal portuñol, les expliqué cuál era mi interés y les pedía indicaciones de donde contactar. Con la proverbial cortesía del país, me respondieron al día siguiente reenviando mi correo al departamento correspondiente, el cual en un plazo aún más corto me indicó el procedimiento a seguir. Trate de dejar a esta otra parte de la península Ibérica al mismo nivel de educación que la occidental, respondiendo a ambos correos con fórmulas epistemológicas de agradecimiento que me parecieron que dejarían satisfecho incluso a un rey, si es que allí tuvieran algo de eso. E inmediatamente procedí a la petición de los dos permisos requeridos, uno por barco. En otro elegante correo electrónico envié toda la documentación e información requerida, en perfecto portugués. Y aquí pasó algo. Transcurrieron unos pocos días y no había respuesta. Así que me interesé, a través del mismo medio, por la situación de la expedición de los documentos. Di incluso mi teléfono para que, si fuera necesario, me llamasen y pudiesen comprobar que no era un robot y que no tenía voz de pirata malayo. Busqué el teléfono de la oficina pero no lo encontraba por ninguna página. Cuando faltaba menos de una semana para zarpar, cuando ya había escrito varios correos electrónicos (sin respuesta) y no había recibido los permisos, telefoneé al departamento de parques. Varias llamadas hasta que descuelgan. Varias transferencia de la llamada y explicarle el asunto a diferentes personas, hasta que me ponen con la funcionaria que ha de hacerlo. Empiezo a explicar otra vez el motivo de mi llamada y me pregunta mi nombre. Cuando lo oye, parece que me conozca de toda la vida y me asegura que esa misma tarde tendré las autorizaciones. Me deshago en parabienes y agradecimientos y cuando no ha pasado una hora de la llamada, recibo en mi correo electrónico los documentos. Indudablemente una voz en el propio idioma movió más voluntades que varios correos electrónicos. Ya lo tenía todo. Solo quedaba embarcarse.

El Vuelo a Tenerife

Para embarcarme tengo que tomar el vuelo de Madrid a Tenerife. En esta ocasión, aunque me venía mejor volar al aeropuerto Reina Sofía del Sur de Tenerife, el vuelo disponible era al Norte, al aeropuerto de Los Rodeos. Siempre que vuelo allí reservo un sitio en estribor. En esta ocasión mi asiento era el 1F. La razón de ese requerimiento es que la derrota del vuelo deja visible a unas pocas millas las Islas Salvajes. Calculé que volando a unos 450 nudos, deberíamos sobrevolar las islas unos 15 minutos antes de tomar tierra en Los Rodeos. Lamentablemente nada más sobrevolar el Atlántico, un tupido manto de altocúmulos que no dejaban ver el mar. Aun así, cuando calculé que quedaba menos de media hora para la llegada le pedí a la azafata que aunque probablemente no podríamos verlas por la nubosidad, preguntase al comandante si nuestra derrota nos llevaría sobre las Salvajes (pregunta retórica pues ya sabía yo que sí) y cual era nuestra ETA para alcanzarlas. Después de consultar, me informó muy amablemente que en efecto, sobrevolaríamos las salvajes dejándolas a nuestra derecha (esta gente del aire, que no proviene de la Armada, utilizan un léxico de abuelita, pero me siguen cayendo simpáticos). Además estábamos a 70 millas, por lo que deberíamos sobrevolarlas en unos 10 minutos. Un rápido cálculo mental: 70 millas a 450 nudos… unos 9,5 minutos. OK. Agradezca al comandante la información. A los 9 minutos de vuelo sobre el macizo campo de nubes, se empieza a distinguir sobre nuestra proa el borde del blanco sobre el azul. Y unos segundos después puedo ver a tres millas al sur del borde del espeso blanco la Salvaje Grande (ver foto) y diez millas al Sur la Salvaje Pequeña. Queda probado, Dios existe, es misericordioso y es navegante. La azafata vuelve con el mensaje del comandante de que se pueden ver las islas ¡Ya lo creo que se ven! Las tenemos en la amura de estribor, o como se llame eso en un avión. Y en ese momento el comandante vira a estribor unos pocos grados dejando caer el plano para facilitarme la foto. Gracias Javier, también queda probado que los navegantes son caballerosos. Esto es un inmejorable comienzo para mi aventura particular. Y no ha hecho más que empezar.

Salvaje Grande desde el avión

El Barco. ECC YACHT. El Pantalán

Una vez en Tenerife, tomo mi transporte y me voy directo a la Marian del Sur en el Puerto de Las Galletas. Allí me espera el Guanajo. Es un Bavaria del año 2006 y hace 50 pies de eslora. Tiene todo lo que puedes desear desde NAVTEX y generador eléctrico hasta TV panorámica. No voy a necesitar nada de eso pero lo he escogido por su eslora, que le permite una alta velocidad, ya que los barcos de desplazamiento tienen limitada su velocidad máxima en función de su eslora de flotación. A más eslora, más rápido navegan a igualdad de condiciones y de resto de diseño.
Además es uno de los pocos barcos de ECC con los que todavía no he navegado. Y supongo que sigo buscando aquel paradigmático Big Kakel que ya no está.
Siempre navego con ECC porque los barcos son modernos y bien armados y están en un excelente estado de conservación y mantenimiento. Todo el personal es muy profesional y amable. A estas alturas los propietarios de la empresa Patricia y Ángel, son dos buenos amigos. Yo suelo navegar en Canarias por razones ya expuestas, pero también tienen base en Palma de Mallorca, que utilizo con deleite en el verano.
Sólo con entrar en el puerto mi mundo cambia. Me encuentro con amigos navegantes, con el personal de ECC, veo los barcos habituales amarrados y el familiar ambiente de mar. El alienante mundo diario ha quedado a mil millas y una vida de distancia. Dejo mis cosas en el barco y me voy al bar a tomar un refresco con Ángel. Está con parte de su tripulación. Todavía tienen que hacer el acopio de víveres y quieren salir pronto ese mismo día, sábado. El jueves debe estar en Dusseldorf en la feria náutica. Yo por mi parte dedicaré el día al despacho del barco y a la cocina para disponer de alimentación apetecible. Mientras tanto, ellos van a hacer su compra.
Una vez realizado el check-in del barco, recibo la compra de víveres que realicé con antelación en la web del supermercado y que me sirven directamente en el barco. Los días embarque tienen una rutina que, a modo de ceremonia de purificación, te va sacando del mundo terrestre y metiéndote en ‘modo marea’. Hace muchas horas que el First Lady zarpó, cuando yo escucho el último parte meteorológico antes de meterme en mi camarote.

Guanajo

El Pasaje de Ida. Ceñida

Mi reloj interno ya se ha sincronizado y me despierta unos minutos antes del amanecer. Yo diría que en el mismo crepúsculo náutico. Me pongo en marcha, desayuno, arrancho y me preparo para zarpar. Espero unos minutos a que un ruso termine su maniobra, e inicio yo la mía como si estuviéramos coreografiando un número de baile. A las 10h00 estamos libres. Amarras y defensas dentro y velas fuera. Dejo tomado un rizo, en previsión de lo avecinado por el parte y para darnos tiempo a conocernos. Gobernar en solitario un barco grande implica una cierta anticipación no exenta de esfuerzo físico en la maniobra de velas. Yo trato bien a mi guanajo y el me cuida a mí recíprocamente. En pocos minutos tenemos el motor parado y hacemos un buen andar a vela, ganando longitud Este. Nos damos un tiempo para ir entendiéndonos. Yo lo dejo ir con un trimado flojito y el Guanajo me ve indicando cómo le gusta ir y de qué es capaz.
Siempre atento a la radio, escucho un llamado de Tenerife Radio para mí. En el mar se siente una íntima zozobra cuando escuchas por radio el nombre de una embarcación conocida, y si es la tuya, entras en modo prevención. Me anuncian tráfico del First Lady. Acepto el relé del tráfico para que me informen de que a 40 millas de Tenerife abortan la travesía a Salvajes y ponen rumbo a Santa Cruz. Después sabría que no era nada imputable al barco. Un posible problema médico grave de un tripulante, que finalmente, en tierra, se vio que no fue a mayores. Estas cosas me hacen tomar conciencia de que estar aquí no es un juego. Lo que en tierra no pasa de una anécdota, aquí exige formación, claridad de ideas y decisión. Esta es la experiencia que busco. Así que ahora, que la situación está controlada me dedico a ocuparme del Guanajo y de mí. Volvemos a estar solos. Estamos bien.
Voy templando las escotas, sin aumentar trapo y voy ganando barlovento antes de la primera virada frente a Cabo Descojonado, cerca de la Aldea de San Nicolás en la costa de Gran Canaria. No hay apenas tráfico en el canal y decido cruzar el dispositivo de separación de tráfico en diagonal (con tráfico hay que evitar hacer esto y cruzar perpendicularmente, a ser posible en la zona prevista para ello). Llevo la rueda a la mano la mayor parte del tiempo. Cae la noche y mantengo el mejor ángulo al viento. Estoy aquí para divertirme y eso voy haciendo. La siguiente virada frente a Santa Cruz me lleva de nuevo al medio del canal donde doy por fin rumbo Norte, ahora sí, hasta Salvajes. He ido entrando y saliendo de las zonas de aceleración de viento que se forman en las islas de mayor relieve y que son características en Canarias. Ayudan a ganar velocidad, aunque por hacer un role, no siempre se gana VMG. Dentro del canal entre islas, tengo muy poca ola, lo que me hace mantener buena velocidad sin pantocazos.
Gracias a Ángel tengo una imagen de la Derrota.

Derrota del Guanajo

La Llegada a Salvaje Grande

Ya fuera del canal volvemos a tener la ola oceánica que me indica que en nuestra proa hay un mundo acuático de miles de millas. La mar de viento está un poco cruzada y tira al Oeste, pero es mucho más pequeña que la de leva y no molesta nada. Una ventaja añadida de las esloras más grandes es el paso por ola que evita las molestas cabezadas y hace mantener una velocidad constante y más alta que con barcos de menor porte. Me aprovecho de ello y largo todo el trapo y templo las escotas a muerte para conseguir la mejor VMG con el ángulo mínimo al viento que me lleve a Salvaje Grande en una bordada. Tomo la altura de sol al paso del meridiano, calculo la latitud y me sitúo. Estoy entrando en las aguas territoriales portuguesas. Cumplo con la cortesía y la ley del mar y enarbolo el bonito pabellón portugués en mi cruceta.

En aguas territoriales portuguesas
En poco tiempo estoy a la vista del bajo perfil de la Salvaje Pequeña y el Islote de Fuera. Por mi estribor, les doy el resguardo necesario a sus bajas que guardan un buen tesoro de pecios y almas.

Avistando la Salvaje Pequeña y el Islote de Fuera
Unos pocos minutos después ya puedo distinguir a ojo desnudo la plana figura de la Salvaje Grande más alta que su hermana, tal como indican sus nombres.

Arribada a Salvaje Grande
En esta isla suele haber un destacamento de cinco hombres: un farero, un médico y tres agentes del Instituto das Florestas e Conservação de la Naturaleza da Região Autónoma da Madeira. A tres millas de la isla llamo por radio al destacamento, les indico mi número de permiso de acceso y me invitan a fondear en el interior de la ensenada. Me guían por radio al mejor lugar preciso de fondeo donde largo unos cuantos grilletes de cadena en un fondo de 10 metros de roca y arena en un agua cristalina, exactamente del color que debe de tener en el Paraíso. Informo de mi intención de arranchar el barco y descansar hasta el día siguiente y visitar la isla entonces. Me extraña que me citen para después de almorzar sobre las 14h00, pero al fin y al cabo no tengo ninguna prisa, así que acepto de buen grado.

Mi fondeo en Salvaje Grande
Me dedico a actualizar mi cuaderno de bitácora y poner en orden mi mondo abordo. Cae la noche. La luna nos viene a visitar, precedida por Venus a la que persigue Marte. Todo como en el principio de los tiempos. Y aquí estoy yo asistiendo al baile cósmico del paso del tiempo. Estoy tan excitado que aunque no me he acostado en dos días, no tengo ninguna sensación de cansancio ni sueño. Dejo que pase la noche en un duermevela que aumenta la sensación de vivir algo insólito.

Luna sobre la isla

Visitando la Salvaje Grande. El Día Perfecto

Los planetas se persiguen camino del Oeste y el paso de la negra noche trae un destello por detrás de la isla. La madrugada en portentosa.

Orto en el fondeo
Me pongo en actividad con los quehaceres de abordo. Boto el dinguy con su motor. Mientras estoy en ello escucho una patrullera llamar al destacamento, al mismo tiempo que aparece frente a nuestra ensenada. He coincidido con el cambio de la dotación del destacamento, que se realiza cada quince días. Se desembarca material y personal mediante las neumáticas de la isla. Ya tengo todo preparado para cuando me llamen a tierra. Mientras tanto espero el paso por el meridiano y voy tomando la altura del Sol. Todo el que haya utilizado un sextante tiene en su retina la imagen del sol tangenteando con la superficie del mar. Ambas imágenes: Sol y horizonte; se mezclan en una por medio del espejo semi plateado del sextante. Es ese arco el que lee la altura del Sol. Estando mirando por el ocular, en la imagen del horizonte aparece la patrullera moviéndose despacio. No han fondeado y esperan en reserva que la neumática haga el trasbordo. La imagen de astro, mundo y barco a través de mi instrumento de navegación me parece todo un compendio de lo que estoy haciendo. El ritmo del mundo y del hombre se acompasa y aparece todo sincronizado.
Cuando acaba el trasbordo del destacamento, se me acerca la neumática. Supongo que pensarán que estoy un poco loco con un sextante en la mano, pero no dicen nada al respecto de ello. Me recuerdan que van a comer y que después me llamarán por radio para hacer la visita. No debo olvidar la documentación. Por supuesto que estoy de acuerdo y les agradezco la comunicación. Sin embargo, a los pocos minutos me llaman por radio y soy invitado formalmente a un almuerzo en tierra con los dos destacamentos saliente y entrante de guardia que coinciden 24 horas para darse las novedades y el traspaso. Ya tenía preparado un pequeño presente: tres botellas de vino español y una caja de cervezas. Lo cargo todo en mi auxiliar y me voy a tierra. Sacan mi bote del agua y soy recibido como los hombres de mar nos damos la bienvenida en el mar. Inmediatamente me hacen sentir parte de la dotación.

Guanajo en Salvajes
Comemos una abundante ‘feilhoada’. El ambiente ha pasado de cordial a fraternal y me cuentan historias de las Salvajes, sus instalaciones y también alguna mención a la periódica ‘visita’ de algún pesquero español o alguna bandera española, en la Salvaje Pequeña, donde no siempre hay personal del destacamento. No lo siento como un reproche. Y sé que es cierto y menos extraño de lo que desearía.

Camaradería
Habitualmente, los visitantes son dirigidos, junto un guarda, por un camino que sube a la meseta de la isla y baja sin acercarse mucho a los nidos de las aves en los acantilados. Dado que el médico, un hombre de 74 años que lleva relacionado con la isla toda su vida, va a recoger especímenes de plantas, me proponen ir con él, asegurándome que conoce también si no mejor la flora y la fauna local. Yo acepto encantado. Tomamos un morral y una bolsa para recoger las muestras y salimos por un sendero junto a un acantilado que nace justo en la edificación donde tiene sus pertenencias. Resulta que la construyo él mismo en 1967. Esto promete.

Instalaciones
Al principio me asusta un poco ver como un hombre de su edad camina por un sendero que daría prevención a una cabra. Pero se mueve con destreza tal que mientras yo voy pendiente de no perder pie, él va divisando las diferentes plantas que me anuncia con su nombre científico y un comentario específico.

Expedición botánica
El doctor, además de un consumado botánico, es un ornitólogo aficionado y me lleva por la zona de anidamiento de las cagarras (gaviotas) y las freiras. Buscamos anillas en algunos cadáveres de aves abandonados por el halcón peregrino que habita en la zona alta. Todos los nidos han sido marcados y cuidados. Aunque no es época de que las aves estén aquí, sus explicaciones me ponen en situación

Nidos de aves
Pasamos por acantilados y trepamos paredes de roca donde me va anunciando las plantas que encontraremos. Parece que sus ojos vayan por delante de nosotros. Ningún resquicio de la isla le es extraño. Me siento como aquel marinero que en el libro de Patrick O’Brian, Master and Commander (del que se hizo una magnífica película) acompaña en una visita por las Islas Galápagos, al joven oficial iniciado en la entomología, recogiendo animales y plantas.
Ya estamos en la zona alta de la isla que es un meseta elevada unos 100 metros sobre el mar.

Panorámica de la meseta
Aquí hay sitios singulares, como por ejemplo la Chão dos caramujos. Cuando te acercas, el blanco ebúrneo llama la atención entre la verde vegetación. Y más admira darse cuenta que lo que parece cuarzo son millones conchas de un caracol blanco como el marfil.

Chão dos caramujos
En el centro de la planicie visitamos el antiguo cementerio con tumbas hoy anónimas solo decoradas por una vegetación delicada pero abundante de un brillante color. Respetuosamente evitamos pisar los toscos montones de piedras que hacen las veces de mudas lápidas.

Cementerio
La particular geología de la isla produce acantilados multicolores en los que el basalto volcánico esta sobre la fracturada capa sedimentaria que una vez, hace 30 millones años (las Salvajes son más antiguas que las Canarias) fue el lecho marino.

Acantilado de basalto
El levantamiento geológico ha creado una costa muy escarpada y de casi imposible acceso fuera de mi lugar de desembarco. Aunque en algunos sitios, como la Enseada das Pedreiras hay un buen fondeadero con vientos del Oeste. Y hasta se dice que hay un tesoro escondido.

Enseada das Pedreiras
No hay ríos en la isla, aunque cuando llueve lo hace abundantemente y deja barranqueras peladas con charcos que se mantienen en la impermeable roca, alimentados con el agua capturada por las planta y las piedras frías, del Alisio húmedo.

Barranco
Estamos terminando nuestra vuelta a la isla y el día se acaba también cuando el Sol se va por la Salvaje Pequeña. Por allá vamos nosotros también.

Puesta de Sol en la Salvaje Pequeña
Terminamos nuestro recorrido. Antes de cenar, a lo que también me han invitado sin remisión (ni queja por mi parte, desde luego), toca preparar los especímenes recolectados para su trasporte al laboratorio en Funchal.

Finalizando el trabajo botánico de campo

La Despedida

Vivo el privilegio de compartir la rutina del destacamento hasta después de cenar, ya bien entrada la noche. Todavía no ha salido la luna, por lo que para poder llegar con mi dinguy me iluminan con un par de reflectores mientras vuelvo al Guanajo. Me despido agitando mi brazo y me contestan apagando y encendiendo los reflectores. He vuelto a mi mundo exclusivo. Intento dejar constancia de los acaecimientos en la bitácora. Duermo un rato, hasta el amanecer y levo al orto. El ancla sale limpiamente y la suave brisa me permite disfrutar el momento sin preocuparme en exceso de la cercanía de la tierra. Rumbo directo a Tenerife. Me despido por radio. Mi agradecimiento no puede expresarse a través de la radio.
Doy todo el trapo y me pongo a la rueda. Por babor, al Este, aparece un rompimiento de gloria: un afilado rayo de luz marca mi rumbo. Unos tuvieron su estrella para llegar a Belén. Aunque esto me recuerda más a

Génesis 3:23-24 ‘El Señor lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para guardar el camino del árbol de la vida’

Por lo demás la navegación tuvo la placidez que viene tras la excitación. Con una mar llana y un bonancible NE fui empujado fuera de las aguas de Salvajes, hacia la noche, y más allá donde me acogieron los fulgores de las Afortunadas.

Las luces de Santa Cruz de Tenerife
No teniendo sirenas que me consolasen, Neptuno, por una vez piadoso con la melancolía de un navegante me mandó a sus espíritus más alegres, que ciertamente, confortaron el final de mi viaje.

Delfines en la costa de Tenerife
Y sin más acaecimientos dignos de reseña en mi cuaderno de bitácora, tome amarras en el puerto que había dejado, hacía poco tiempo y muchas experiencias. Y todo aquello ya es yo.

Planeta Agua

“Cuan agradable me es, Sócrates, poder, como sucede después de un largo viaje, descansar anchamente al ver terminado este discurso.” Platón. Critias, diálogos.